martes, 4 de septiembre de 2018

Desechos de producción de otros textos.

Nuestro primer contacto con la historia, en la época escolar, no pasa de ser una sarta de elogios, culpas y apologías en una forma de concebir el acontecimiento como un rayo caído de un cielo sereno. Una idea menos neurótica del pasado nos permitirá conocer otra perspectiva del acontecimiento: el proceso. Esa es precisamente la modesta intención del presente trabajo de investigación.

Concretamente, las próximas líneas pretenden brindar un contexto que aporte una visión general de los aspectos que —en espacio y en tiempo— caracterizan a Yumbo, advirtiendo que, pese a estar geográficamente delimitado, las múltiples perspectivas desde las que es posible abordar una región proporcionan un sinfín de interpretaciones. 

No obstante, las formas cualitativas de descripción que proporcionan las ciencias sociales ya desde la historia, ya desde la antropología, ya desde la sociología, etc., hacen de la riqueza de la región una fuente vasta de exploración que no se pretende agotar aquí; sino que por el contrario motiva a una franca declaración de intenciones que procura imponer –¿o proponer?— la inquietud característica de la que brota la investigación: «…ese signo de interrogación tan negro, tan enorme, que arroja sombras sobre quien lo coloca». 

Para empezar esta tarea, se podría decir que lo que hace clásico a determinado autor u obra es su capacidad de permanecer vigente. De este modo, la sentencia de Talcott Parsons: «¿Quién lee hoy a Spencer?» sería aplicada más tarde a él mismo. Hay, indudablemente, un cierto Estado de naturaleza en la academia y, particularmente en las ciencias sociales. Un escenario de crítica y de crítica implacable.

Quizás el hecho de que hoy tengamos algo que decirnos acerca de la obra de Gustavo Arboleda, sea constitutivo de su carácter clásico, no obstante —y pese a que no estamos frente a un fundador de una ciencia sino de un estilo dentro de un campo— tal como ha dicho Foucault: «Si bien es cierto que la física fue fundada por Galileo, precisamente en nombre de la cientificidad de la física podemos saber hasta dónde llegó Galileo, hasta dónde por tanto no llegó..., en qué se equivocó». Así pues, cualquier esfuerzo serio por abordar la historia del Valle del Cauca debe pasar, por lo menos, por la obra de Gustavo Arboleda y particularmente por su Historia de Cali (1928: 679p.). Pese a ello, por fundamentales que sean sus contribuciones, basarse exclusivamente en ella constituiría o bien un hecho anacrónico y desfasado espacialmente, o bien un esfuerzo cuyo objeto de estudio pasaría a ser la obra misma. Ninguno de estos dos se pretenden aquí, sino más bien una exposición de las generalidades de la historia del Valle del Cauca y las especificidades de Yumbo, tanto desde el punto de vista historiográfico como sociológico.

En general, el valle geográfico del río Cauca tuvo una gran importancia política, social y económica para el país. Gran evidencia de esto representan los documentos que atestiguan la residencia de personajes como el Aferez Real o el tesorero de la corona en Mulaló (Yumbo). Más tarde, se sumaría a ello la navegación a vapor por el río Cauca que inauguraría el Herr Simmonds (Patiño, 1992: pp. 81).

El acta de emancipación del Consejo de Regencia de España (del 3 de julio de 1810) fue absolutamente determinante para la independencia del Valle del Cauca. Sin embargo, es difícil saber a ciencia cierta cuáles habrían sido las circunstancias de dicha independencia de no ser por las luchas que se adelantaron en Caloto, Buga, Anserma, Toro y Cartago, ya que fueron los representantes de las independencias de estos departamentos quienes posteriormente respaldarían la expresión de soberanía del Valle. Es de esta forma como se sientan las bases para que en 1910 mediante el decreto 340 del 16 de abril, el presidente Ramón González Valencia diera creación al actual departamento del Valle del Cauca con capital en Santiago de Cali de las entrañas del gran Cauca. Además, luego de que diera lugar la Junta Suprema de Seguridad Pública, se llevó a cabo la solicitud al cabildo de Santa Fe, la instalación de la Junta Suprema de las Ciudades Confederadas (Zawadsky, 1943: 318p.). Esquirlas del Acta de compromisos de las ciudades confederadas del Valle del Cauca (firmada el 1 de febrero de 1811 en Cali), se conservan en la actual conmemoración del día de la vallecaucanidad celebrado ese mismo día de cada año.

Vanegas Useche (2013: pp. 69-174) no se contenta con ver la hora rápidamente, ni siquiera con mirarla concienzudamente. Él viene a por piñones, barriletes, ruedas, cilindros, tuercas, tornillos y todo el mecanismo interno que produce el fenómeno que le permite ver la hora. Que marca el tiempo como hecho social e histórico. En una palabra: no se trata de ver el florero de Llorente hecho pedazos, sino de observar las averías que propiciaron su rompimiento y las consecuentes rupturas en que derivó. 

La Revolución Política moderna del siglo XIX en el Nuevo Reino de Granada no es un acontecimiento sino un proceso de deslegitimación del poder establecido, esto es, en términos marxistas: no se da como un rayo caído de un cielo sereno, sino como una trayectoria que consta —metodológicamente hablando— de tres maneras de experimentarla. En primer lugar, se advierte un estado de sumisión por parte de los neogranadinos en general que más tarde, se tornaría en una actitud novadora de la que brota la semilla de la duda hacia el poder monárquico; en segundo lugar, aparece la actitud revolucionaria que va socavando los cimientos de la legitimidad del orden monárquico; por último, el asunto de la experiencia del malestar social que trajo consigo la Revolución.

En primera instancia se advierte un clima de casi absoluta delegación de la confianza y legitimidad hacia la corona. La percepción de hermandad con relación a los peninsulares era generalizada entre los neogranadinos y con ella la noción de una misma causa ante el perverso y monstruoso devorador atacante francés: Napoleón. Este era el ambiente del Cabildo, pero no era exclusivo de dicha institución sino además del clero, los comerciantes, los pulperos… que tampoco ahorraban adulaciones y lisonjas con sus hermanos españoles. Los hallazgos del autor indican que en lo que a legitimación de la corona se refiere, no había contraste entre las clases sociales, entre otros motivos porque «no pocas familias cuentan entre sus miembros con personas nacidas en la Península».

No obstante, más tarde diversos actos de desobediencia a las jerarquías propias de la corona —y de otra forma, del virreinato— son citadas por el autor como evidencia de un fuerte proceso de deslegitimación: amenazas, enfrentamientos, quejas, oposiciones, tensiones, críticas y demandas que no eran ya «simplemente [...] de los fieles vasallos que esperan que la autoridad acuda a resolver sus demandas» sino que adquirieron —según se entiende— un tinte de exigencia. Se podría decir que desde una perspectiva de análisis de clases, el autor afirma sobre el entorno que incluso «de un lado se ubicaron los notables criollos de diverso origen provincial, y del otro las autoridades, y progresivamente, los peninsulares».

Un documento que evidencia el zeitgeist es la redacción de una representación quejosa dirigida a la Suprema Junta, por parte de Camilo Torres y por encargo del Cabildo en 1809. «Este documento —dice el autor— resume las aspiraciones a una igual representación de las provincias americanas en el gobierno de la monarquía dentro de un ánimo regeneracionista». Incluso se llegó a proponer la expulsión de los contados franceses que residían en el reino. La atmósfera de «una grave desconfianza hacia las autoridades» se fue arraigando, y con ella «la degradación deferencia» hacia las mismas fue convirtiéndose en el caldo de cultivo propicio para la Revolución.

No obstante, la Revolución albergaba un requerimiento insistentemente llamativo: el Virrey debía proclamarse rey. Éste resultaría absurdo o, al menos, difícil de comprender en el marco de una Revolución si se pasara por alto el papel que jugaba el Virrey en el paisaje político y, como lo han expuesto otros investigadores en ese sentido, el contratiempo existente entre la idea que tenía la corona española de lo que eran Las Américas y la que tenían los entes administrativos.

Por un lado estaba esta propuesta, por otro, la amenaza de un complot para deponer al Virrey y entregar el reinado a los franceses y por otro lado una denuncia ante la Suprema Junta de las presuntas intenciones que tendría el mismísimo Virrey de entregar todo a Bonaparte. En suma: la extrema confusión. Lo cierto es que son pocas las cosas que se pueden afirmar con certeza. Entre ellas, por ejemplo, que de una serie de discretas reuniones de los personajes notables surgiría un «plan de interceptar a los soldados enviados a reforzar el sofocamiento de la revuelta quiteña, a quienes se les quitarían sus armas, con las cuales se daría inicio a una rebelión cuyo objetivo era deponer al Virrey». Los diversos intentos por desestabilizar al Virrey fueron neutralizados tarde o temprano, como es el caso de los jóvenes Carlos Salgar y José María Rosillo quien, siguiendo la consigna de morir por el rey, fue ejecutado el 30 de abril de 1810.

No obstante, nada de esto ni tuvo un objetivo revolucionario en el sentido de alterar considerablemente la forma de gobierno, ni se trataba de algo nuevo. Pese a ello, la situación crítica que atravesaba la monarquía hacía que hechos como estos —y otros más— fueran más un síntoma que una amenaza militar. En efecto, van apareciendo grupos de novadores que tenía puntos de contraste con las autoridades: la defensa del fundamentos monárquicos frente a las reuniones con criollos, lo que va «poniendo de entrada una distancia respecto a sus “hermanos peninsulares”». Los notables neogranadinos no siempre fueron lealistas ni españolistas aunque pudiesen ser realistas.

Percibir la actitud novadora como un efecto de la indisposición de los americanos con la monarquía y el modelo representación que ésta proponía-imponía de la es una gran idea, pero no por grande acertada. Lo propio ocurre con verla como un contagio de los sucesos de Quito. Sin embargo, estos dos hechos —sin ser causas— no son del todo ajenos a los acontecimientos puesto que «los individuos inquietos de la Nueva Granada pudieron encontrar que aquí continuaban los hombres mediocres o advenedizos y las instituciones caducas cuando todo estaba convocando a una renovación» 

A esto se sumaba la incertidumbre —particularmente en Cali— por los acontecimientos en Europa, ya por el presunto silencio de la Junta Suprema (según el Alférez Real), ya por la «dificultad para tomar contacto con los acontecimientos europeos». Dicha incertidumbre no era para menos, se estaban jugando aspectos cruciales de la vida y de la sociedad: la monarquía, por supuesto, pero también la patria, la religión y las leyes tal y como las habían conocido los neogranadinos durante tres siglos.

Ser novador no es ser revolucionario, pero hay un paso de lo uno a lo otro, y ese paso se da con la incertidumbre. Ella hizo que la queja por los atropellos se tradujera de forma más o menos rápida en «la ofensiva intentando de diversas maneras sustituir a las autoridades virreinales». Los tambaleos de la institucionalidad no fueron pocos, pero si bien, como se ha dicho desde el principio, no fueron repentinos y carentes «de ciertos elementos de preparación». Por ejemplo, en Santafé, con tal de no incurrir en los riesgos de los acontecimientos de Quito, se llegó a proponer, en lugar del encarcelamiento del Virrey, el ofrecimiento de presidir la Junta Suprema del Reino que, por supuesto, tendría sede en la Capital. También se menciona una querella que lograría no sólo enfrentarse a los militares sino además deponer al Corregidor y constituir una Junta provincial de gobierno. Estos hechos fueron (sobre) valorados por sus gestores, quienes los percibieron como grandes acontecimientos que prolongaban «el ideal de humanidad desplegado por los norteamericanos en su revolución».

Pese a ello, se plantea posteriormente no sólo que el espíritu de unión sumado a la uniformidad de sentimientos se lograron sobreponer a las condiciones geográficas, sino además para «obrar el “prodigio de erigir un mismo sistema de gobierno, que conserve la representación y confianza de los pueblos, con unas mismas ideas acerca de reunir en un centro común la legal representación del Reino, y hasta con unos mismos nombres y tratamientos”». Así las cosas, lo que se fraguaba se parecía más a un golpe de Estado que a una Revolución propiamente dicha.

Pero el término (Revolución) fue calando en la colectividad, en unos sectores de forma más entusiasta que en otros. Aquel es el caso de quienes entendían por ella «el inicio de todas las formas de libertad, el reconocimiento del mérito, la virtud y el patriotismo,el reino de la justicia por fin desembarazada de quienes la obstaculizaban o la prostituían», pero la Revolución política moderna debe entenderse en su contexto ilustrado —o con pretensiones de serlo—, es decir que esta «permitiría que la razón condujera los asuntos humanos, que el bien común fuera alcanzado con la mayor eficacia, que la América desplegara todas sus potencialidades».

El hecho filológico curioso es que el término había sido hasta entonces —y tal vez como en algunas ocasiones ahora— utilizado de forma despectiva, como una especie de alteración indeseable del orden. Ahora aparece acompañado de referencias a la alegría, a la libertad e incluso de santidad. El reconocimiento del rey ya no era inherente a sumisión plena a éste, sino más bien, a jugadas políticas —si se quiere con un tufillo de pragmatismo— temporales y condicionadas (Antioquia, San Martín, Pamplona...). Lo cierto es que Napoleón Bonaparte y Fernando VII empezaron a ser representados como oposiciones entre el caos y el orden, el temor y la esperanza.

¿Pero cuáles son los síntomas de esto? El diseño documental nuevamente proporciona las herramientas para detectarlos. Aunque estos digan «reconocer a Fernando, es usual escuchar que si llegare a retornar al trono debería venir efectivamente a América a gobernar y en tal caso debería soportar los mismos maltratos que había recibido el Virrey Amar», entre otros de naturaleza muy similar.

Es así como van apareciendo tanto la Revolución en la escena pública, como la democracia representativa como forma ideal de gobierno. Pero además de la simple denominación de «Revolución», su forma encaja en aquella puesto que el acto no se limita a pretensiones reformistas sino que apunta «a transformar las claves con que se solda el cuerpo social» tomando a los Estados Unidos como modelo a seguir.

Regenerara no es reformar parcialmente, es reengendrar y ese es el anhelo que se percibe, por ejemplo en los constituyentes de Cundinamarca de 1811 «que creen que la sola existencia de nuevas instituciones despojaría a los individuos de sus viciosas inclinaciones», no obstante, ese optimismo no se mantuvo uniforme ni en los sectores Revolucionarios ni en el tiempo. Todo esto, sumado a las promesas incumplidas por la Revolución, produjo una serie de transformaciones indelebles que talló la misma en los individuos y en la sociedad, a saber: 

La discordia primero hacia Napoleón y los franceses y luego hacia los propios peninsulares, hacia la madre patria, lo que se tradujo en rupturas efectivas de lazos sociales, puesto que los peninsulares no eran un otro extraño y exterior, pero ahora se tornaría en un opuesto cargado de malas intenciones y además de malas prácticas, despóticas y humillantes. Ser español empezó a constituir un delito, y como tal, punible. Ellos dejaron de ser «hermanos de la península» o «españoles europeos» para empezar a convertirse en «chapetones», «godos», «ñopos», «argolleros»… Esto fue seguido de la conformación de regiones más o menos vastas de las filiaciones correspondientes, lo que indica que «más conocida que la discordia con los peninsulares y la madre patria son los choques entre provincias e incluso entre pueblos de la Nueva Granada». De cualquier forma, la sombra de Eris cobijó las más distintas y cotidianas formas de discordia, lo cual pareció ser la antesala a una situación revolucionaria. Pero no se trató de la simple constatación de viejas disputas sino de un dinamismo constante del conflicto. Mas «habiendo desarticulado gravemente el orden monárquico, los líderes revolucionarios fueron, pues conscientes de los peligros que conlleva la fragmentación del cuerpo social, por lo que buscaron afanosamente su rearticulación». 

El vértigo e incertidumbre como experiencias se evidencian como la clara muestra de que la Revolución, como concepto y como percepto, no eran precisamente lo más valorado. Como confiaría José Gregorio Gutiérrez Moreno en 1809 se trataba de «...infinitas diabluras que sólo pueden suceder en este tiempo en que parece que se han desatado todos los demonios del infierno, para incomodar al Género humano», pero —siguiendo a Freud— «se comienza cediendo en las palabras y se termina cediendo en la cosa misma», la Revolución fue teniendo más aceptación y robando legitimidad a la autoridad del orden monárquico, aunque no de forma ininterrumpida, de lo que dan fe los documentos de correspondencia citados por el autor en el texto. Entre el entusiasmo y la incertidumbre, la población con avidez de novedades empezó a exigir mayor periodicidad a la prensa. Se trata, en suma de lo que el autor denomina como «un flujo desconocido de discursos, de alternativas, de actores» 

La vida pública como experiencia se consolida, tal como propone Weber, con el político profesional que no surge sino hasta la Revolución en el caso neogranadino. Ella «trajo consigo cambios decisivos en las formas y en los fundamentos de la intervención en el ámbito público, originándose allí el tipo del hombre público tal como lo conocemos en la actualidad». Además, esto transforma la lectura como práctica y como flujo. Se deja de leer sobre ciencia y se empieza a leer la prensa y los temas tanto jurídicos como políticos. Los líderes políticos prefieren las noticias del resto de la América mientras los españoles optaban por la prensa de su tierra. Pero además la forma en que se consume la lectura también cambia, «leen para cimentar su convicción en la pertinencia de la completa mutación del orden y para plasmar esos referentes en la sociedad y las instituciones», lo que hace que se pueda tener un acercamiento políticamente revolucionario de obras que se conocían de tiempo atrás. El hombre público aparece bajo la forma de publicista —ya que la república necesita de la publicidad y de la libertad—, pero no sólo bajo esta forma, también emerge el militar republicano: el héroe. Y el héroe se opone al monarca en tanto que no representa unificadamente al pueblo sino a la fragmentación inherente de la nueva conformación. Aún así, con esta carga de prestigio agregado, el rol no se asume con demasiado entusiasmo, tal como ha dicho Weber, el rol de científico es casi opuesto con el del político y requieren de expectativas diferentísimas. Como si fuera poco, el espacio pasa a ocupar el lugar de un recurso en las principales ciudades «la calle fue ocupada en diversas ocasiones para hacer algaradas, manifestaciones, paradas militares, cabalgatas para proclamar una constitución». Adicionalmente, surgen espacios y rituales destinados a elegir representantes y entronizar gobernantes, así como para hacer visibles los compromisos adquiridos por la clase política emergente, por ejemplo las juras de las constituciones. 

El fin de la revolución no supone —como podría plantearse desprevenidamente— el fin de los conflictos, sino el inicio de una nueva forma de abordarlos. Esta forma tenía sus escenarios y uno de ellos fue la escuela que protagonizó uno de los principales sitios de interiorización del hecho deseable de la separación del atraso, del oscurantismo y de la barbarie que representaba la madre patria. En esto había unanimidad entre los sermones del púlpito, de los catecismos… así como entre la prensa y la imprenta en general, así como en que la democracia representativa era la mejor forma constitutiva del Estado, ya central, ya federal.

No obstante, las llamadas repúblicas primigenias fueron fuertemente criticadas por los jefes revolucionarios de entonces puesto que no habían sido capaces de robustecerse y permanecer así para repeler de una vez por todas los acechos externos. Asimismo, mientras, por su parte, Bolívar rehusaba el pago de una vieja deuda pública «alegando que esta etapa era de “creación de una nueva república” y no el “restablecimiento de la antigua”»; del mismo modo, Francisco de Paula Santander reencauchaba las tesis otrora desechadas del centralismo y hacía a un lado las de su conocido federalismo. No ocurrió lo propio con Antonio Nariño, que era defensor irrenunciable del federalismo como la mejor forma de organizar un Estado nacional y, por lo cual, fue blanco de críticas que se lanzaban desde el poder. Sin embargo, la norma no se cerró sino que dejó contemplada la posibilidad de volver a esa discusión.

La situación actual que concibe a la democracia participativa como una supuesta forma superior con respecto a la democracia representativa estaba, por obvias razones, ausente; y más bien se le oponía a esta última la forma monárquica —y por tanto retardataria— de gobierno. Era inconcebible que los suecos fueran libres mientras ostentaban una forma monárquica.

Pero la situación casi plenamente armónica no podía ser eterna. Bolívar y sus simpatizantes, que demandaban «el voto unánime de los colombianos en nombre de una situación de caos que de la que ellos eran los primeros creadores», no tardaron en encontrar a un grupo de reacios que se llegaron a denominar liberales, aún no en el sentido partidista del asunto. Aún así, con los temores del pasado y las esperanzas del futuro se fueron tejiendo las propuestas de las formas más adecuadas de concebir un Estado o al menos un gobierno. Pero además se fraguaba una pugna de valores y virtudes; Bolívar era visto como todo lo opuesto al egoísmo, el frenesí destructor y la bajeza, es decir: Santander.

Por su parte «los liberales recordaban a sus antagonistas que durante aquel periodo los neogranadinos habían comenzado a hacer enormes esfuerzos para la liberación de Venezuela, y, además relativizaban el rol de Bolívar en la Revolución, considerando que los grandes logros de ella no habían sido “la obra exclusiva de ningún genio por más gigantesco que fuese”, sino el resultado de los largos sacrificios de “toda la masa del pueblo”». Entretanto para otros incluso «Bolívar hacía “el oficio del Creador en la felicidad de los mortales”».

Se ha dicho que había unanimidad en el asunto de la democracia representativa. No obstante, más adelante el autor matizará esta idea puesto que «Bolívar lo había planteado al menos desde 1812, y con él concordaban sus partidarios: el pueblo colombiano era inapto para una forma de gobierno libre, pues carecía de la ilustración y las virtudes que a priori supuestamente se requerían para ello». La paz, el orden y la armonía tenían prelación sobre el imperio de la libertad. Básicamente esta fue la base de las querellas después de la independencia, propiamente dicha, de los españoles.

El asunto llegó tan lejos que la muerte de Bolívar fue motivo de celebración para los liberales, puesto que con este acontecimiento se consumaba la Revolución en el sentido en que permitía establecer una nación libre al tiempo que se instauraba régimen democrático representativo.

Más tarde, en la conformación del régimen bipartidista, los liberales veían en la Revolución una ruptura con el pasado que le otorgaba ciertas virtudes, pero también ciertos retos a la sociedad pues la Revolución tuvo que «”destruirlo todo y crearlo todo”» en palabras de José María Samper. Los conservadores, en cambio no reconocían tan amplios los alcances de la Revolución y «lamentaban que a la única institución a la cual se le pedía obrar con libertad era a la iglesia». Pero en general, en un lado y en otro, se reconocieron los alcances de la Revolución y, en algunos casos, se sobrevaloraron, como es el caso del conservador Sergio Arboleda que sugirió que, a diferencia de la simple transformación política que representó la de los Estados Unidos de Norteamérica, en el caso de la neogranadina se dio un entrecruzamiento de cinco revoluciones simultáneas: social, religiosa, política, industrial y mercantil.

La visión liberal, en general, fue —si se quiere— más estructuralista, pues en ella la Revolución no era propio de Nueva Granada. La colonia representaba opresión, atraso y oscurantismo. Pedro Neira llegó a plantear incluso que «en el “sistema colonial” la Nueva Granada sólo había tenido algunos escritores de mérito modesto, pues para haber ido más lejos hubieran necesitado de la libertad, de la cual habían carecido». Añade el autor que «para los liberales, el legado intelectual e institucional español era aborrecible puesto que estaba definido por un catolicismo ultramontano que oponía todos sus vicios al avance del espíritu humano», por ello la mirada de estos, en ese sentido, se viró hacia Francia.

No obstante, los conservadores le otorgaban cierto aprecio al pasado hispánico, José María Vergara, por ejemplo, concebía la Revolución como un producto social y como tal no podía producirse ni ella ni sus ideas en una sociedad absolutamente hundida en la ignorancia, como aseguraba el pensamiento liberal. La madre patria tenía sus méritos.

Lo cierto es que de este modo se fueron desglosando las posturas frente al papel de la Revolución (o guerra civil según el conservador Mariano Ospina Rodríguez) en los dos partidos existentes.

Ya a comienzos del siglo XX la necesidad de un relato patriótico hizo que los sectores se adjudicaran la propiedad de personajes, fechas, acontecimientos… y así de estatuas, héroes, en fin. El clima propio para la exacerbación de esto fue la conmemoración del centenario en 1910. Esos que ofrendaron la vida pero no murieron gracias al bronce y a la efervescencia del espíritu patriótico.

Ya en tiempos del bipartidismo moderno, se registraron hechos como la matanza en la Casa Liberal de Cali de la que aún se desconoce el número exacto de víctimas entre asesinados y desaparecidos (Álape, 2008: 94p.). El Frente Nacional estuvo representado en el Valle del Cauca, entre otros, por personajes tales como Ernesto González Piedrahita, Alonso Aragón Quintero, Mariano Ramos, Absalón Fernández de Soto, Carlos Navia Belalcázar, Francisco Eladio Ramírez, Vicente García Córdoba, Nicolás Borrero Olano, Antonio Lizarazo Bohorquez, Carlos A. Sardi Garcés, Jesús María Murgueitio, Diego Garcés Giraldo, Alfonso Barberena, Álvaro Lloreda, Álvaro H. Caicedo, José Castro Borrero, Rafael Navia Varón, Hernando Navia Varón, Jaime Lozano Henao, Harold Bohmer y Carlos Garcés Córdoba (Rizo Otero, 1999: pp. 230-231).

viernes, 23 de marzo de 2018

La melancolía por sí mismo

El lunes cinco de diciembre de 1791, Wolfgang Amadeus Mozart murió a los treinta y cinco años de edad y, al día siguiente, fue sepultado en una fosa común. Cualquiera que haya sido la grave enfermedad que causó su muerte prematura, poco tiempo antes Mozart se encontraba en un estado cercano a la desesperación. Se sentía un hombre golpeado por la vida. Las deudas aumentaban. La familia siempre cambiaba de domicilio. El éxito en Viena —una de las cosas que más le importaban— se alejaba cada día más. La elegante sociedad vienesa se apartó de él. El vertiginoso desenlace de su enfermedad fue el resultado de una certeza. Mozart murió con la sensación de haber fracasado socialmente, vale decir: la pérdida total de la fe en lo que deseaba desde lo más profundo de su corazón. Las dos fuentes de su voluntad —lo que lo impulsaba a seguir viviendo, lo que le daba la conciencia de su propio valor— se habían secado: el amor de una mujer a quien podía confiarse, y el amor del público vienés por su música. Ambos los disfrutó durante una época. Ambos ocuparon el primer lugar en la jerarquía de sus deseos. En los últimos años de su vida, Mozart sintió que los perdía. Esta es su —y nuestra— tragedia.

Elías, Norbert (1978). Mozart, sociología de un genio, Nexos



lunes, 19 de marzo de 2018

De Modernidad y Holocausto (Bauman)

De herederos y milagrosos

¿Qué son los herederos? Los herederos son los hijos de las clases favorecidas, que lo que hacen es heredar un capital —capital lingüístico y cultural— que está hecho, digamos, para que ellos sigan los estudios sin ningún problema. Es decir, los estudios y la educación están hechos para ellos; y en este caso lo que ellos hacen es heredar el capital que les ayuda a a tener éxito en la educación. El milagroso es el otro caso, es el hijo del obrero o del agricultor que al principio no tiene el capital lingüístico y cultural para poder estudiar, pero que a pesar de todo eso lo logra. Y lo que plantea Pierre Bourdieu es que eso es el drama; el drama es que un Porque eso no debería ser un milagro; debería ser algo normal en una educación donde no se paga, que es accesible a todos.

Braz, Adelino (2009). Bourdieu y la Educación, Universidad del Valle: Cali, Colombia.



martes, 21 de noviembre de 2017

La representación en la élite del poder

Claro que si son políticos elegidos por votación, se supone que representan a sus electores y si fueron nombrados, se supone que representan, de modo indirecto, a los electores de quienes los nombraron. Pero hay que reconocer que esto es mas o menos una abstracción, una fórmula retórica, mediante la cual todos los hombres de poder en casi todos los sistemas de gobierno justifican hoy su situación. A veces puede ser cierto en lo que se refiere a sus móviles y a los beneficiarios de sus decisiones. Pero no sería prudente suponerlo en ningún sistema de poder.

Wright Mills, Charles (1957). La élite del poder, Fondo de Cultura Económica.
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