Mostrando las entradas con la etiqueta Foucault. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Foucault. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de septiembre de 2018

Desechos de producción de otros textos.

Nuestro primer contacto con la historia, en la época escolar, no pasa de ser una sarta de elogios, culpas y apologías en una forma de concebir el acontecimiento como un rayo caído de un cielo sereno. Una idea menos neurótica del pasado nos permitirá conocer otra perspectiva del acontecimiento: el proceso. Esa es precisamente la modesta intención del presente trabajo de investigación.

Concretamente, las próximas líneas pretenden brindar un contexto que aporte una visión general de los aspectos que —en espacio y en tiempo— caracterizan a Yumbo, advirtiendo que, pese a estar geográficamente delimitado, las múltiples perspectivas desde las que es posible abordar una región proporcionan un sinfín de interpretaciones. 

No obstante, las formas cualitativas de descripción que proporcionan las ciencias sociales ya desde la historia, ya desde la antropología, ya desde la sociología, etc., hacen de la riqueza de la región una fuente vasta de exploración que no se pretende agotar aquí; sino que por el contrario motiva a una franca declaración de intenciones que procura imponer –¿o proponer?— la inquietud característica de la que brota la investigación: «…ese signo de interrogación tan negro, tan enorme, que arroja sombras sobre quien lo coloca». 

Para empezar esta tarea, se podría decir que lo que hace clásico a determinado autor u obra es su capacidad de permanecer vigente. De este modo, la sentencia de Talcott Parsons: «¿Quién lee hoy a Spencer?» sería aplicada más tarde a él mismo. Hay, indudablemente, un cierto Estado de naturaleza en la academia y, particularmente en las ciencias sociales. Un escenario de crítica y de crítica implacable.

Quizás el hecho de que hoy tengamos algo que decirnos acerca de la obra de Gustavo Arboleda, sea constitutivo de su carácter clásico, no obstante —y pese a que no estamos frente a un fundador de una ciencia sino de un estilo dentro de un campo— tal como ha dicho Foucault: «Si bien es cierto que la física fue fundada por Galileo, precisamente en nombre de la cientificidad de la física podemos saber hasta dónde llegó Galileo, hasta dónde por tanto no llegó..., en qué se equivocó». Así pues, cualquier esfuerzo serio por abordar la historia del Valle del Cauca debe pasar, por lo menos, por la obra de Gustavo Arboleda y particularmente por su Historia de Cali (1928: 679p.). Pese a ello, por fundamentales que sean sus contribuciones, basarse exclusivamente en ella constituiría o bien un hecho anacrónico y desfasado espacialmente, o bien un esfuerzo cuyo objeto de estudio pasaría a ser la obra misma. Ninguno de estos dos se pretenden aquí, sino más bien una exposición de las generalidades de la historia del Valle del Cauca y las especificidades de Yumbo, tanto desde el punto de vista historiográfico como sociológico.

En general, el valle geográfico del río Cauca tuvo una gran importancia política, social y económica para el país. Gran evidencia de esto representan los documentos que atestiguan la residencia de personajes como el Aferez Real o el tesorero de la corona en Mulaló (Yumbo). Más tarde, se sumaría a ello la navegación a vapor por el río Cauca que inauguraría el Herr Simmonds (Patiño, 1992: pp. 81).

El acta de emancipación del Consejo de Regencia de España (del 3 de julio de 1810) fue absolutamente determinante para la independencia del Valle del Cauca. Sin embargo, es difícil saber a ciencia cierta cuáles habrían sido las circunstancias de dicha independencia de no ser por las luchas que se adelantaron en Caloto, Buga, Anserma, Toro y Cartago, ya que fueron los representantes de las independencias de estos departamentos quienes posteriormente respaldarían la expresión de soberanía del Valle. Es de esta forma como se sientan las bases para que en 1910 mediante el decreto 340 del 16 de abril, el presidente Ramón González Valencia diera creación al actual departamento del Valle del Cauca con capital en Santiago de Cali de las entrañas del gran Cauca. Además, luego de que diera lugar la Junta Suprema de Seguridad Pública, se llevó a cabo la solicitud al cabildo de Santa Fe, la instalación de la Junta Suprema de las Ciudades Confederadas (Zawadsky, 1943: 318p.). Esquirlas del Acta de compromisos de las ciudades confederadas del Valle del Cauca (firmada el 1 de febrero de 1811 en Cali), se conservan en la actual conmemoración del día de la vallecaucanidad celebrado ese mismo día de cada año.

Vanegas Useche (2013: pp. 69-174) no se contenta con ver la hora rápidamente, ni siquiera con mirarla concienzudamente. Él viene a por piñones, barriletes, ruedas, cilindros, tuercas, tornillos y todo el mecanismo interno que produce el fenómeno que le permite ver la hora. Que marca el tiempo como hecho social e histórico. En una palabra: no se trata de ver el florero de Llorente hecho pedazos, sino de observar las averías que propiciaron su rompimiento y las consecuentes rupturas en que derivó. 

La Revolución Política moderna del siglo XIX en el Nuevo Reino de Granada no es un acontecimiento sino un proceso de deslegitimación del poder establecido, esto es, en términos marxistas: no se da como un rayo caído de un cielo sereno, sino como una trayectoria que consta —metodológicamente hablando— de tres maneras de experimentarla. En primer lugar, se advierte un estado de sumisión por parte de los neogranadinos en general que más tarde, se tornaría en una actitud novadora de la que brota la semilla de la duda hacia el poder monárquico; en segundo lugar, aparece la actitud revolucionaria que va socavando los cimientos de la legitimidad del orden monárquico; por último, el asunto de la experiencia del malestar social que trajo consigo la Revolución.

En primera instancia se advierte un clima de casi absoluta delegación de la confianza y legitimidad hacia la corona. La percepción de hermandad con relación a los peninsulares era generalizada entre los neogranadinos y con ella la noción de una misma causa ante el perverso y monstruoso devorador atacante francés: Napoleón. Este era el ambiente del Cabildo, pero no era exclusivo de dicha institución sino además del clero, los comerciantes, los pulperos… que tampoco ahorraban adulaciones y lisonjas con sus hermanos españoles. Los hallazgos del autor indican que en lo que a legitimación de la corona se refiere, no había contraste entre las clases sociales, entre otros motivos porque «no pocas familias cuentan entre sus miembros con personas nacidas en la Península».

No obstante, más tarde diversos actos de desobediencia a las jerarquías propias de la corona —y de otra forma, del virreinato— son citadas por el autor como evidencia de un fuerte proceso de deslegitimación: amenazas, enfrentamientos, quejas, oposiciones, tensiones, críticas y demandas que no eran ya «simplemente [...] de los fieles vasallos que esperan que la autoridad acuda a resolver sus demandas» sino que adquirieron —según se entiende— un tinte de exigencia. Se podría decir que desde una perspectiva de análisis de clases, el autor afirma sobre el entorno que incluso «de un lado se ubicaron los notables criollos de diverso origen provincial, y del otro las autoridades, y progresivamente, los peninsulares».

Un documento que evidencia el zeitgeist es la redacción de una representación quejosa dirigida a la Suprema Junta, por parte de Camilo Torres y por encargo del Cabildo en 1809. «Este documento —dice el autor— resume las aspiraciones a una igual representación de las provincias americanas en el gobierno de la monarquía dentro de un ánimo regeneracionista». Incluso se llegó a proponer la expulsión de los contados franceses que residían en el reino. La atmósfera de «una grave desconfianza hacia las autoridades» se fue arraigando, y con ella «la degradación deferencia» hacia las mismas fue convirtiéndose en el caldo de cultivo propicio para la Revolución.

No obstante, la Revolución albergaba un requerimiento insistentemente llamativo: el Virrey debía proclamarse rey. Éste resultaría absurdo o, al menos, difícil de comprender en el marco de una Revolución si se pasara por alto el papel que jugaba el Virrey en el paisaje político y, como lo han expuesto otros investigadores en ese sentido, el contratiempo existente entre la idea que tenía la corona española de lo que eran Las Américas y la que tenían los entes administrativos.

Por un lado estaba esta propuesta, por otro, la amenaza de un complot para deponer al Virrey y entregar el reinado a los franceses y por otro lado una denuncia ante la Suprema Junta de las presuntas intenciones que tendría el mismísimo Virrey de entregar todo a Bonaparte. En suma: la extrema confusión. Lo cierto es que son pocas las cosas que se pueden afirmar con certeza. Entre ellas, por ejemplo, que de una serie de discretas reuniones de los personajes notables surgiría un «plan de interceptar a los soldados enviados a reforzar el sofocamiento de la revuelta quiteña, a quienes se les quitarían sus armas, con las cuales se daría inicio a una rebelión cuyo objetivo era deponer al Virrey». Los diversos intentos por desestabilizar al Virrey fueron neutralizados tarde o temprano, como es el caso de los jóvenes Carlos Salgar y José María Rosillo quien, siguiendo la consigna de morir por el rey, fue ejecutado el 30 de abril de 1810.

No obstante, nada de esto ni tuvo un objetivo revolucionario en el sentido de alterar considerablemente la forma de gobierno, ni se trataba de algo nuevo. Pese a ello, la situación crítica que atravesaba la monarquía hacía que hechos como estos —y otros más— fueran más un síntoma que una amenaza militar. En efecto, van apareciendo grupos de novadores que tenía puntos de contraste con las autoridades: la defensa del fundamentos monárquicos frente a las reuniones con criollos, lo que va «poniendo de entrada una distancia respecto a sus “hermanos peninsulares”». Los notables neogranadinos no siempre fueron lealistas ni españolistas aunque pudiesen ser realistas.

Percibir la actitud novadora como un efecto de la indisposición de los americanos con la monarquía y el modelo representación que ésta proponía-imponía de la es una gran idea, pero no por grande acertada. Lo propio ocurre con verla como un contagio de los sucesos de Quito. Sin embargo, estos dos hechos —sin ser causas— no son del todo ajenos a los acontecimientos puesto que «los individuos inquietos de la Nueva Granada pudieron encontrar que aquí continuaban los hombres mediocres o advenedizos y las instituciones caducas cuando todo estaba convocando a una renovación» 

A esto se sumaba la incertidumbre —particularmente en Cali— por los acontecimientos en Europa, ya por el presunto silencio de la Junta Suprema (según el Alférez Real), ya por la «dificultad para tomar contacto con los acontecimientos europeos». Dicha incertidumbre no era para menos, se estaban jugando aspectos cruciales de la vida y de la sociedad: la monarquía, por supuesto, pero también la patria, la religión y las leyes tal y como las habían conocido los neogranadinos durante tres siglos.

Ser novador no es ser revolucionario, pero hay un paso de lo uno a lo otro, y ese paso se da con la incertidumbre. Ella hizo que la queja por los atropellos se tradujera de forma más o menos rápida en «la ofensiva intentando de diversas maneras sustituir a las autoridades virreinales». Los tambaleos de la institucionalidad no fueron pocos, pero si bien, como se ha dicho desde el principio, no fueron repentinos y carentes «de ciertos elementos de preparación». Por ejemplo, en Santafé, con tal de no incurrir en los riesgos de los acontecimientos de Quito, se llegó a proponer, en lugar del encarcelamiento del Virrey, el ofrecimiento de presidir la Junta Suprema del Reino que, por supuesto, tendría sede en la Capital. También se menciona una querella que lograría no sólo enfrentarse a los militares sino además deponer al Corregidor y constituir una Junta provincial de gobierno. Estos hechos fueron (sobre) valorados por sus gestores, quienes los percibieron como grandes acontecimientos que prolongaban «el ideal de humanidad desplegado por los norteamericanos en su revolución».

Pese a ello, se plantea posteriormente no sólo que el espíritu de unión sumado a la uniformidad de sentimientos se lograron sobreponer a las condiciones geográficas, sino además para «obrar el “prodigio de erigir un mismo sistema de gobierno, que conserve la representación y confianza de los pueblos, con unas mismas ideas acerca de reunir en un centro común la legal representación del Reino, y hasta con unos mismos nombres y tratamientos”». Así las cosas, lo que se fraguaba se parecía más a un golpe de Estado que a una Revolución propiamente dicha.

Pero el término (Revolución) fue calando en la colectividad, en unos sectores de forma más entusiasta que en otros. Aquel es el caso de quienes entendían por ella «el inicio de todas las formas de libertad, el reconocimiento del mérito, la virtud y el patriotismo,el reino de la justicia por fin desembarazada de quienes la obstaculizaban o la prostituían», pero la Revolución política moderna debe entenderse en su contexto ilustrado —o con pretensiones de serlo—, es decir que esta «permitiría que la razón condujera los asuntos humanos, que el bien común fuera alcanzado con la mayor eficacia, que la América desplegara todas sus potencialidades».

El hecho filológico curioso es que el término había sido hasta entonces —y tal vez como en algunas ocasiones ahora— utilizado de forma despectiva, como una especie de alteración indeseable del orden. Ahora aparece acompañado de referencias a la alegría, a la libertad e incluso de santidad. El reconocimiento del rey ya no era inherente a sumisión plena a éste, sino más bien, a jugadas políticas —si se quiere con un tufillo de pragmatismo— temporales y condicionadas (Antioquia, San Martín, Pamplona...). Lo cierto es que Napoleón Bonaparte y Fernando VII empezaron a ser representados como oposiciones entre el caos y el orden, el temor y la esperanza.

¿Pero cuáles son los síntomas de esto? El diseño documental nuevamente proporciona las herramientas para detectarlos. Aunque estos digan «reconocer a Fernando, es usual escuchar que si llegare a retornar al trono debería venir efectivamente a América a gobernar y en tal caso debería soportar los mismos maltratos que había recibido el Virrey Amar», entre otros de naturaleza muy similar.

Es así como van apareciendo tanto la Revolución en la escena pública, como la democracia representativa como forma ideal de gobierno. Pero además de la simple denominación de «Revolución», su forma encaja en aquella puesto que el acto no se limita a pretensiones reformistas sino que apunta «a transformar las claves con que se solda el cuerpo social» tomando a los Estados Unidos como modelo a seguir.

Regenerara no es reformar parcialmente, es reengendrar y ese es el anhelo que se percibe, por ejemplo en los constituyentes de Cundinamarca de 1811 «que creen que la sola existencia de nuevas instituciones despojaría a los individuos de sus viciosas inclinaciones», no obstante, ese optimismo no se mantuvo uniforme ni en los sectores Revolucionarios ni en el tiempo. Todo esto, sumado a las promesas incumplidas por la Revolución, produjo una serie de transformaciones indelebles que talló la misma en los individuos y en la sociedad, a saber: 

La discordia primero hacia Napoleón y los franceses y luego hacia los propios peninsulares, hacia la madre patria, lo que se tradujo en rupturas efectivas de lazos sociales, puesto que los peninsulares no eran un otro extraño y exterior, pero ahora se tornaría en un opuesto cargado de malas intenciones y además de malas prácticas, despóticas y humillantes. Ser español empezó a constituir un delito, y como tal, punible. Ellos dejaron de ser «hermanos de la península» o «españoles europeos» para empezar a convertirse en «chapetones», «godos», «ñopos», «argolleros»… Esto fue seguido de la conformación de regiones más o menos vastas de las filiaciones correspondientes, lo que indica que «más conocida que la discordia con los peninsulares y la madre patria son los choques entre provincias e incluso entre pueblos de la Nueva Granada». De cualquier forma, la sombra de Eris cobijó las más distintas y cotidianas formas de discordia, lo cual pareció ser la antesala a una situación revolucionaria. Pero no se trató de la simple constatación de viejas disputas sino de un dinamismo constante del conflicto. Mas «habiendo desarticulado gravemente el orden monárquico, los líderes revolucionarios fueron, pues conscientes de los peligros que conlleva la fragmentación del cuerpo social, por lo que buscaron afanosamente su rearticulación». 

El vértigo e incertidumbre como experiencias se evidencian como la clara muestra de que la Revolución, como concepto y como percepto, no eran precisamente lo más valorado. Como confiaría José Gregorio Gutiérrez Moreno en 1809 se trataba de «...infinitas diabluras que sólo pueden suceder en este tiempo en que parece que se han desatado todos los demonios del infierno, para incomodar al Género humano», pero —siguiendo a Freud— «se comienza cediendo en las palabras y se termina cediendo en la cosa misma», la Revolución fue teniendo más aceptación y robando legitimidad a la autoridad del orden monárquico, aunque no de forma ininterrumpida, de lo que dan fe los documentos de correspondencia citados por el autor en el texto. Entre el entusiasmo y la incertidumbre, la población con avidez de novedades empezó a exigir mayor periodicidad a la prensa. Se trata, en suma de lo que el autor denomina como «un flujo desconocido de discursos, de alternativas, de actores» 

La vida pública como experiencia se consolida, tal como propone Weber, con el político profesional que no surge sino hasta la Revolución en el caso neogranadino. Ella «trajo consigo cambios decisivos en las formas y en los fundamentos de la intervención en el ámbito público, originándose allí el tipo del hombre público tal como lo conocemos en la actualidad». Además, esto transforma la lectura como práctica y como flujo. Se deja de leer sobre ciencia y se empieza a leer la prensa y los temas tanto jurídicos como políticos. Los líderes políticos prefieren las noticias del resto de la América mientras los españoles optaban por la prensa de su tierra. Pero además la forma en que se consume la lectura también cambia, «leen para cimentar su convicción en la pertinencia de la completa mutación del orden y para plasmar esos referentes en la sociedad y las instituciones», lo que hace que se pueda tener un acercamiento políticamente revolucionario de obras que se conocían de tiempo atrás. El hombre público aparece bajo la forma de publicista —ya que la república necesita de la publicidad y de la libertad—, pero no sólo bajo esta forma, también emerge el militar republicano: el héroe. Y el héroe se opone al monarca en tanto que no representa unificadamente al pueblo sino a la fragmentación inherente de la nueva conformación. Aún así, con esta carga de prestigio agregado, el rol no se asume con demasiado entusiasmo, tal como ha dicho Weber, el rol de científico es casi opuesto con el del político y requieren de expectativas diferentísimas. Como si fuera poco, el espacio pasa a ocupar el lugar de un recurso en las principales ciudades «la calle fue ocupada en diversas ocasiones para hacer algaradas, manifestaciones, paradas militares, cabalgatas para proclamar una constitución». Adicionalmente, surgen espacios y rituales destinados a elegir representantes y entronizar gobernantes, así como para hacer visibles los compromisos adquiridos por la clase política emergente, por ejemplo las juras de las constituciones. 

El fin de la revolución no supone —como podría plantearse desprevenidamente— el fin de los conflictos, sino el inicio de una nueva forma de abordarlos. Esta forma tenía sus escenarios y uno de ellos fue la escuela que protagonizó uno de los principales sitios de interiorización del hecho deseable de la separación del atraso, del oscurantismo y de la barbarie que representaba la madre patria. En esto había unanimidad entre los sermones del púlpito, de los catecismos… así como entre la prensa y la imprenta en general, así como en que la democracia representativa era la mejor forma constitutiva del Estado, ya central, ya federal.

No obstante, las llamadas repúblicas primigenias fueron fuertemente criticadas por los jefes revolucionarios de entonces puesto que no habían sido capaces de robustecerse y permanecer así para repeler de una vez por todas los acechos externos. Asimismo, mientras, por su parte, Bolívar rehusaba el pago de una vieja deuda pública «alegando que esta etapa era de “creación de una nueva república” y no el “restablecimiento de la antigua”»; del mismo modo, Francisco de Paula Santander reencauchaba las tesis otrora desechadas del centralismo y hacía a un lado las de su conocido federalismo. No ocurrió lo propio con Antonio Nariño, que era defensor irrenunciable del federalismo como la mejor forma de organizar un Estado nacional y, por lo cual, fue blanco de críticas que se lanzaban desde el poder. Sin embargo, la norma no se cerró sino que dejó contemplada la posibilidad de volver a esa discusión.

La situación actual que concibe a la democracia participativa como una supuesta forma superior con respecto a la democracia representativa estaba, por obvias razones, ausente; y más bien se le oponía a esta última la forma monárquica —y por tanto retardataria— de gobierno. Era inconcebible que los suecos fueran libres mientras ostentaban una forma monárquica.

Pero la situación casi plenamente armónica no podía ser eterna. Bolívar y sus simpatizantes, que demandaban «el voto unánime de los colombianos en nombre de una situación de caos que de la que ellos eran los primeros creadores», no tardaron en encontrar a un grupo de reacios que se llegaron a denominar liberales, aún no en el sentido partidista del asunto. Aún así, con los temores del pasado y las esperanzas del futuro se fueron tejiendo las propuestas de las formas más adecuadas de concebir un Estado o al menos un gobierno. Pero además se fraguaba una pugna de valores y virtudes; Bolívar era visto como todo lo opuesto al egoísmo, el frenesí destructor y la bajeza, es decir: Santander.

Por su parte «los liberales recordaban a sus antagonistas que durante aquel periodo los neogranadinos habían comenzado a hacer enormes esfuerzos para la liberación de Venezuela, y, además relativizaban el rol de Bolívar en la Revolución, considerando que los grandes logros de ella no habían sido “la obra exclusiva de ningún genio por más gigantesco que fuese”, sino el resultado de los largos sacrificios de “toda la masa del pueblo”». Entretanto para otros incluso «Bolívar hacía “el oficio del Creador en la felicidad de los mortales”».

Se ha dicho que había unanimidad en el asunto de la democracia representativa. No obstante, más adelante el autor matizará esta idea puesto que «Bolívar lo había planteado al menos desde 1812, y con él concordaban sus partidarios: el pueblo colombiano era inapto para una forma de gobierno libre, pues carecía de la ilustración y las virtudes que a priori supuestamente se requerían para ello». La paz, el orden y la armonía tenían prelación sobre el imperio de la libertad. Básicamente esta fue la base de las querellas después de la independencia, propiamente dicha, de los españoles.

El asunto llegó tan lejos que la muerte de Bolívar fue motivo de celebración para los liberales, puesto que con este acontecimiento se consumaba la Revolución en el sentido en que permitía establecer una nación libre al tiempo que se instauraba régimen democrático representativo.

Más tarde, en la conformación del régimen bipartidista, los liberales veían en la Revolución una ruptura con el pasado que le otorgaba ciertas virtudes, pero también ciertos retos a la sociedad pues la Revolución tuvo que «”destruirlo todo y crearlo todo”» en palabras de José María Samper. Los conservadores, en cambio no reconocían tan amplios los alcances de la Revolución y «lamentaban que a la única institución a la cual se le pedía obrar con libertad era a la iglesia». Pero en general, en un lado y en otro, se reconocieron los alcances de la Revolución y, en algunos casos, se sobrevaloraron, como es el caso del conservador Sergio Arboleda que sugirió que, a diferencia de la simple transformación política que representó la de los Estados Unidos de Norteamérica, en el caso de la neogranadina se dio un entrecruzamiento de cinco revoluciones simultáneas: social, religiosa, política, industrial y mercantil.

La visión liberal, en general, fue —si se quiere— más estructuralista, pues en ella la Revolución no era propio de Nueva Granada. La colonia representaba opresión, atraso y oscurantismo. Pedro Neira llegó a plantear incluso que «en el “sistema colonial” la Nueva Granada sólo había tenido algunos escritores de mérito modesto, pues para haber ido más lejos hubieran necesitado de la libertad, de la cual habían carecido». Añade el autor que «para los liberales, el legado intelectual e institucional español era aborrecible puesto que estaba definido por un catolicismo ultramontano que oponía todos sus vicios al avance del espíritu humano», por ello la mirada de estos, en ese sentido, se viró hacia Francia.

No obstante, los conservadores le otorgaban cierto aprecio al pasado hispánico, José María Vergara, por ejemplo, concebía la Revolución como un producto social y como tal no podía producirse ni ella ni sus ideas en una sociedad absolutamente hundida en la ignorancia, como aseguraba el pensamiento liberal. La madre patria tenía sus méritos.

Lo cierto es que de este modo se fueron desglosando las posturas frente al papel de la Revolución (o guerra civil según el conservador Mariano Ospina Rodríguez) en los dos partidos existentes.

Ya a comienzos del siglo XX la necesidad de un relato patriótico hizo que los sectores se adjudicaran la propiedad de personajes, fechas, acontecimientos… y así de estatuas, héroes, en fin. El clima propio para la exacerbación de esto fue la conmemoración del centenario en 1910. Esos que ofrendaron la vida pero no murieron gracias al bronce y a la efervescencia del espíritu patriótico.

Ya en tiempos del bipartidismo moderno, se registraron hechos como la matanza en la Casa Liberal de Cali de la que aún se desconoce el número exacto de víctimas entre asesinados y desaparecidos (Álape, 2008: 94p.). El Frente Nacional estuvo representado en el Valle del Cauca, entre otros, por personajes tales como Ernesto González Piedrahita, Alonso Aragón Quintero, Mariano Ramos, Absalón Fernández de Soto, Carlos Navia Belalcázar, Francisco Eladio Ramírez, Vicente García Córdoba, Nicolás Borrero Olano, Antonio Lizarazo Bohorquez, Carlos A. Sardi Garcés, Jesús María Murgueitio, Diego Garcés Giraldo, Alfonso Barberena, Álvaro Lloreda, Álvaro H. Caicedo, José Castro Borrero, Rafael Navia Varón, Hernando Navia Varón, Jaime Lozano Henao, Harold Bohmer y Carlos Garcés Córdoba (Rizo Otero, 1999: pp. 230-231).

jueves, 26 de enero de 2012

El panoptismo

Panóptico Grabado - Técnica mixta
Adolfo Vásquez Rocca

“El Panóptico de Bentham es la figura arquitectónica de esta composición. Conocido es su principio: en la periferia, una construcción en forma de anillo; en el centro, una torre, ésta, con anchas ventanas que se abren en la cara interior del anillo. La construcción periférica está dividida en celdas, cada una de las cuales atraviesa toda la anchura de la construcción. Tienen dos ventanas, una que da al interior, correspondiente a las ventanas de la torre, y la otra, que da al exterior, permite que la luz atraviese la celda de una parte a otra. Basta entonces situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda a un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un escolar. Por el efecto de la contraluz, se pueden percibir desde la torre, recortándose perfectamente sobre la luz, las pequeñas siluetas cautivas en las celdas de la periferia. Tantos pequeños teatros como celdas, en los que cada actor está solo, perfectamente individualizado y constantemente visible. El dispositivo panóptico dispone unas unidades espaciales que permiten ver sin cesar y reconocer al punto. En suma, se invierte el principio del calabozo; o más bien de sus tres funciones -encerrar, privar de luz y ocultar- ; no se conserva más que la primera y se suprimen las otras dos. La plena luz y la mirada de un vigilante captan mejor que la sombra, que en último término protegía. La visibilidad es una trampa”

Foucault, Michel - "El panoptismo" en Vigilar y Castigar

sábado, 30 de julio de 2011

Cuadernos de paz

"Definir Cuadernos de la paz pareciera resultar más pertinente desde lo que no es. En cualquier caso, no es un partido político ni mucho menos un movimiento... es más bien lo que se opone al movimiento: una fricción en el sentido que le da la física a la palabra. Sin embargo, es imposible desligarlo de lo político, en el buen sentido de la palabra (si es que hubiere mal sentido) y por lo tanto de un movimiento en otro sentido, en uno diferente".


Completo en: http://cuadernosdepaz.blogspot.com


domingo, 27 de febrero de 2011

En qué se equivocó Marx - Entrevista con Foucault

Marzo 05, 2001




Inédito en castellano, publicamos aquí un extenso fragmento de la entrevista que S. Hasumi efectuó a Michel Foucault en París en 1972 y que fue publicada en la revista japonesa Umi. La entrevista está incluida en la recopilación de textos que constituye el segundo volumen de las obras completas de Foucault que, con el título Estrategias de poder, llegará este mismo mes a las librerías editado por Paidós(*).
Pregunta: La traducción japonesa de Las palabras y las cosas por desgracia aún no está terminada, mientras que la Arqueología del saber está publicada desde hace ya dos años. Esta inversión cronológica de sus obras ha provocado en Japón una serie de malentendidos para comprender su pensamiento, y concretamente lo que usted ha escrito al final de Las palabras y las cosas. La prensa japonesa le ha presentado como un "filósofo estructuralista que ha destrozado la historia del hombre" y pese a su conferencia de Tokio sobre "Retornar a la historia', este mito persiste aún en la actualidad. Esta entrevista tiene como finalidad tratar de disipar esos malentendidos

Respuesta: " En Las palabras y las cosas intenté describir tipos de discursos. Me parece que la clasificación institucional, enciclopédica, pedagógica de las ciencias, por ejemplo en biología, psicología, sociología, no da cuenta de fenómenos de agrupamiento más generales que pueden ser detectados. Traté de aislar formas normativas y regladas de discursos. Por ejemplo, en los siglos XVII y XVIII existió un tipo de discurso que era a la vez descriptivo y clasificador, y que se encuentra tanto en el ámbito del lenguaje como en el de los seres vivos y la economía. Intenté mostrar cómo, en el siglo XIX, un nuevo tipo de discurso, o varios nuevos tipos de discursos, estaban a punto de formarse, de constituirse, y entre estos tipos de discursos figuraba el de las ciencias humanas". "Realicé por tanto esta descripción, este análisis, si usted prefiere, de la transformación de los tipos de discursos.

A lo largo de todo el libro advertí que este análisis se situaba únicamente en una esfera determinada, que no pretendía resolver en este libro el problema de saber en torno a qué realidades históricas se articulaban estos tipos de discursos, ni cuál era la razón profunda de los cambios que se podían observar en ellos. Es pues una descripción, una descripción superficial realizada de forma deliberada. Algunas críticas, dando prueba de una evidente mala fe, y en general las provenientes de marxistas empiristas y blandos a los que me enfrento con gusto, pasaron por alto las frases explícitas en las que afirmaba: "Aquí no hago más que describir, se plantean un determinado número de problemas que trataré de resolver posteriormente".

Se negaron a leer estas frases y me echaron en cara que no resolvía estos problemas"."Me encuentro precisamente en este momento intentando plantear estos problemas, es decir, he cambiado de nivel: tras haber analizado los tipos de discursos, intento ver cómo estos tipos de discursos pudieron formarse históricamente, y sobre qué realidades históricas se articulan.

Lo que denomino "la arqueología del saber" es la relación que existe entre estos grandes tipos de discursos que se pueden observar en una cultura determinada y las condiciones históricas, económicas y políticas de su aparición y de su formación. De este modo Las palabras y las cosas se ha convertido en la Arqueología del saber, y lo que estoy a punto de comenzar a hacer se sitúa al nivel de la dinástica del saber".

P. Ha utilizado usted la expresión "marxistas blandos" pero ¿cuál es su crítica fundamental al método marxista? En Japón se plantea la cuestión de si Michel Foucault intentará superar a Marx o si está al margen de estas cuestiones.

R. " Tengo que decir que estoy especialmente molesto por el modo en que una serie de marxistas europeos practican el análisis histórico, y también me molesta su modo de referirse a Marx. Recientemente leí un artículo, por otra parte muy bueno, en La Pensée. Este artículo está escrito por un joven, al que conozco bien; es un colaborador de Althusser y se llama Balibar. Balibar ha escrito un artículo muy notable sobre el problema del Estado y de la transformación del Estado según Marx. Este artículo me interesa, pero no pude dejar de sonreír cuando lo leí porque en él se trata de mostrar en veinte páginas, a partir de una o dos frases de Marx, que éste había previsto claramente la transformación del aparato del Estado en el interior del proceso revolucionario, en cierto modo desde el inicio mismo del proceso revolucionario. Balibar muestra, con una gran erudición, con una gran capacidad para el comentario de textos, que Marx había dicho esto, que lo había previsto.

Admiro por tanto este artículo ya que es un buen análisis textual, y sonrío porque conozco la razón por la cual Balibar hace esto"."Lo hace porque, de hecho, en la práctica real de la política, en los procesos revolucionarios reales, la solidez, al permanencia del aparto del estado burgués, incluso en los Estados socialistas, es un problema con el que uno se encuentra actualmente. Pero me parece importante plantear este problema a partir de datos históricos reales que están a nuestra disposición, estudiar la permanencia de las estructuras del Estado, por ejemplo, la permanencia de la estructura del ejército zarista en el interior del propio ejército rojo en la época de Trotski, permanencia que constituye un proceso histórico real. Me parece también que el problema marxista del Estado se debe resolver a partir de problemas como éstos, y no a partir de un análisis de textos para saber si Marx lo había previsto o no..."

P. Es decir, a partir de un proceso histórico...

R. "A partir de un proceso de la realidad histórica que el propio Marx permitió pensar, ya que él estableció un determinado número de planos, un determinado número de mecanismos y modos de funcionamiento. Si podemos hacer todos estos análisis se lo debemos a Marx. Y esto es algo absolutamente claro. Pero, después de todo, incluso si Marx no hubiese llegado a decir absolutamente todo lo que es necesario pensar actualmente sobre el Estado, con los instrumentos que nos proporcionó podríamos reflexionar sobre una realidad histórica y hacer avanzar el análisis, y ello no sólo en lo que se refiere al contenido sino también a las formas, los instrumentos, y esto ya me parecería suficiente. A mi no se me plantea la necesidad de estar convencido de que Marx previó la urgencia de transformar el Estado desde el comienzo mismo del proceso revolucionario.

No necesito que Marx haya dicho esto para estar convencido de que es una tarea que es preciso hacer. El estudio de la realidad sociohistórica es un terreno que me interesa. El primer reproche, por tanto, que planteo a estos marxistas que denomino "blandos", es la desconfianza que tienen respecto al material histórico, a la realidad histórica con la que se enfrentan, y su respeto infinito por los textos, algo que los encadena necesariamente a la tradición académica del comentario de textos. Se cierran en banda en el academicismo movidos incluso por su respeto a los textos de Marx. Éste es mi primer reproche"."Mi segundo reproche está ligado al primero, y se refiere a la historia. Me parece que también en esto un grupo de marxistas, no digo absolutamente todos, pero sí una serie de marxistas están de tal forma aprisionados por el canon, prendidos en las reglas que han creído extraer de los textos de Marx, que no son capaces de realizar un análisis histórico efectivo. Voy a poner un ejemplo: la historia de las ciencias es sin duda un campo enormemente importante al que se han incorporado toda una serie de conceptos, de métodos, de perspectivas útiles que debemos a Marx. Pues bien, la verdad es que la historia de las ciencias, en la tradición marxista que podemos denominar ortodoxa, fue desde muy pronto esbozada por Engels. También, hasta cierto punto, ha sido esbozada por Lenin en su libro sobre el Empiriocriticismo.

En realidad, cualquiera que fuese la competencia de Engels, que era grande, el estado de las ciencias cambió enormemente nuestras perspectivas, cambió desde los tiempos en que ellos escribían uno el Anti- Duhring o la Dialéctica de la Naturaleza, y el otro el Empiriocriticismo. En realidad su perspectiva no era la de hacer la historia de las ciencias, sino algo absolutamente distinto. Estaban implicados en una polémica ideológica o teórica, y al mismo tiempo política, librada contra una serie de personajes de la época"."Se puede por tanto afirmar que el campo de la historia de las ciencias se mantuvo virgen y que ninguna tradición marxista se ha adentrado todavía en él. A mi juicio este campo seria estéril si se pretendiese abordarlo únicamente a partir de conceptos, o de métodos, o de temas retomados de los textos de Marx o de Lenin. En esto consiste por tanto el reproche de pereza, el reproche de academicismo, el reproche de falta de inventiva que yo critico en todos aquellos a los que denomino marxistas "blandos".

P. Se contentan con recurrir al comentario de la época clásica. Van así comentando palabra por palabra...

R. "Así es. Han clausurado el uso que se puede hacer de Marx y lo han encorsetado en el interior de una tradición puramente académica. Esto, por otra parte, es algo interesante, pues ellos mismos se encuentran pillados en el interior de una extraña contradicción, Y así, por un lado, dicen: el marxismo es una ciencia. Es posible que, por ser en cierto modo un historiador de las ciencias, no me parezca ningún cumplido decir de un tipo de discurso que es una ciencia. No creo que un tipo de discurso se vea sacralizado o realmente valorado por el hecho de decir que es un discurso científico. Me parece, en todo caso, que un discurso científico se caracteriza, al menos actualmente, por un determinado número de rasgos y, entre ellos, por los siguientes: toda ciencia tiene un fundador, pero el desarrollo histórico de esta ciencia no es nunca, ni puede ser, el puro y simple comentario de texto de ese autor. Si bien es cierto que la física fue fundada por Galileo, precisamente en nombre de la cientificidad de la física podemos saber hasta dónde llegó Galileo, hasta dónde por tanto no llegó..., en qué se equivocó. Lo mismo ocurre con Newton, con Cuvier o con Darwin. Los marxistas, algunos marxistas que consideran el marxismo como una ciencia, deben saber, en nombre de esa ciencia y a partir de ella, en qué se equivocó Marx. Cuando un marxista me dice que el marxismo es una ciencia yo le respondo:creeré que usted practica el marxismo como una ciencia el día en que me muestre, en nombre de esta ciencia, en qué se equivocó Marx".

(*)Extracto del texto publicado por El Viejo Topo en su edición de abril de 1999.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Crítica a los postulados tradicionales de la izquierda sobre el poder


Según Deleuze, la caja de herramientas puesta en obra por Foucault podía explicarse como un ejercicio de suspensión metódica de los principales postulados mantenidos por los discursos tradicionales acerca del poder, como resultado de un ensayo por poner entre paréntesis al modo fenomenológico una serie de prejuicios, de tesis tópicas que guían los análisis políticos al uso y que son entendidos ahora como obstáculos que impiden un acceso fecundo a la problemática del poder contemporáneo. A mi entender, la estrategia expositiva de Deleuze conserva hoy integro su valor, y merece ser recordada. Cinco serán los postulados cuya renuncia metodológica reclama Foucault, y que, tal como son tematizados por Deleuze, rezan del siguiente modo1:
1. Postulado de la Propiedad (según el cual el poder es algo que posee la clase dominante): El poder no se posee, se ejerce. No es una propiedad, es una estrategia: algo que está en juego. Sus efectos no son atribuibles a una apropiación, sino a dispositivos de funcionamiento. Dispositivos que no son unívocos, sino coyunturales (el poder no tiene finalidad ni sentida); dispositivos que siempre pueden ser invertidos, en un momento dado. «Este nuevo funcionalismo no niega ciertamente la existencia de las clases y de sus luchas, pero dibuja otro cuadro, con otros paisajes, otras personajes, otros procedimientos que aquellos a los que la historia tradicional, incluso marxista, nos había acostumbrado: “puntos innumerables de enfrentamiento; hogares de inestabilidad, con sus riesgos de conflicto cada uno, de luchas y de inversión por lo menos transitoria de las relaciones de fuerza”, sin analogía ni homología, sin univocidad, pero con un tipo original de continuidad posible.»
2. Postulado de la Localización (según el cual el poder debe entenderse como poder del Estado): El Estado no es el lugar privilegiado del poder; su poder es un efecto de conjunto. Hay que atender a la microfísica del poder: a sus hogares moleculares. Este espejismo del Estado vehicula, por la menos, dos grandes errores políticos: a) plantear la toma del Estado como toma del poder; b) plantear un contra-Estado (el Partido, el Sindicato) como forma óptima de ejercicio del poder. «Al funcionalismo de Foucault le corresponde una topología moderna que no asigna ya un lugar privilegiado como fuente del poder, y no puede seguir aceptando una localización puntual (hay una concepción del espacio social tan nueva como la de los espacios físicos y matemáticos actuales, como también para la continuidad).»
3. Postulado de la Subordinación (según el cual, el poder encarnado en el aparato de Estada estaría subordinado a un modo de producción que sería su infraestructura). Aquí, su réplica al mecanicismo comunista se hará enteramente nítido: evidentemente que es posible hallar correspondencias más o menos estrictas entre un modo de producción que plantea unas necesidades y una serie de mecanismos que se ofrecen como solución. Pero hay que evitar el concepto estrecho de determinación, mostrando lo que hay de invento en el modo como se solucionan los problemas infraestructurales. El poder no es una mera sobreestructura. Toda economía supone unos mecanismos de poder inmiscuidos en ella. Hay que abandonar el modelo del espacio piramidal trascendente por el de un espacio inmanente hecho de segmentos. «El poder tiene como caracteres la inmanencia de su campo, sin unificación trascendente; la continuidad de su línea, sin una centralización global; la contigüidad de sus segmentos sin totalización distinta: espacio serial.»
4. Postulado del Modo de Acción (según el cual, el poder actúa por medio de mecanismos de represión e ideología): Éstas no son sino estrategias extremas del poder, que en ningún modo se contenta con impedir y excluir, o hacer creer y ocultar. El poder produce, a través de una transformación técnica de los individuos. Conviene tener muy presente este aspecto organizacional del poder que hace decir a Foucault: el poder produce lo Real. En nuestras sociedades, esta transformación técnica de los individuos, esta producción de lo real, va a recibir un nombre: normalización, la forma moderna de la servidumbre. Normalización es, por supuesto, imperio de lo normal, de la media estadística, de la somnolencia a lo acostumbrado, pero también quiere nombrarse así la preeminencia de la norma en este ámbito, su proliferación cancerígena que recubre y despuebla todos los espacios abiertos de la ley. El 8 de octubre de 1976, en Radio Frunce, en el curso de un debate sobre «L’expertise médicolégal» Foucault establecerá las siguientes diferencias a retener entre el ámbito de la ley y el de la norma: I) La ley es binaria (legal-ilegal); la norma está constituida por un sistema de gradaciones. 2) La ley sólo interviene en caso de infracción; la norma interviene a lo largo de toda la vida. 3) La ley interviene sólo cuando una institución (especialmente la judicial) se hace cargo de ella; la norma se da en un encabalgamiento de instituciones, es siempre una multiplicidad la que la hace funcionar. 4) La ley puede (debe) ser conocida, en principio; sólo conocen la norma quienes la establecen a partir de un cierto saber. 5) La ley actúa al descubierto; la norma actúa en la sombra y por medio de los «normalizadores competentes».
5. Postulado de la Legalidad (según el cual, el poder del Estado se expresa por medio de la ley): Debe ponerse en juego otra comprensión de la ley: entender la ley no como lo que demarca limpiamente dos dominios –legalidad-ilegalidad–, sino como un procedimiento por medio del cual se gestionan ilegalismos. Ilegalismos que la ley permite o inventa como privilegios de clase; o que tolera como compensación, o para recuperarlos en otro terreno en favor de la dase dominante; o bien ilegalismos que prohibe, aísla y define como medio de dominación. La ley no es un estado de paz no es la carta otorgada por el nuevo soberano el día de su victoria, sino la batalla perpetua: el ejercicio actual de unas estrategias. «únicamente una ficción puede hacer creer que las leyes están hechas para ser respetadas, que la policía y los tribunales están destinados a hacer que se las respete. Únicamente una ficción teórica puede hacernos creer que nos hemos suscrito de una vez por todas a las leyes de la sociedad a la que pertenecemos. Todo el mundo sabe también que las leyes están hechas por unos, y que se imponen a los demás. Pero al parecer podemos dar un paso más. El ilegalismo no es un accidente, una imperfección más o menos inevitable. Es un elemento abso
lutamente positivo del funcionamiento social, cuyo papel está previsto en la estrategia general de la sociedad. Todo dispositivo legislativo ha articulado unos espacios protegidos y provechosos en los que la ley puede ser violada. con otros en los que puede ser ignorada, con otros finalmente en los que las infracciones son sancionadas. En el límite, me atrevería a decir que la ley no está hecha para impedir tal o cual tipo de comportamiento, sino para diferenciar las maneras de vulnerar a la misma ley. » Estas eran las palabras con las que Foucault presentaba su libro al público a través del diario Le Monde, en aquellos tiempos.
Deleuze concluirá su análisis de estos postulados saludando la novedad y la importancia del espacio que abren, con estas palabras:
Es como si una complicidad con el Estado se hubiera roto. Foucault no se contenta con decir que hay que repensar determinadas nociones, ni siquiera lo dice, lo hace, y propone así nuevas coordenadas para la práctica. En el trasfondo ruge una batalla, con sus tácticas locales, sus estrategias de conjunto, que no proceden, sin embargo, por totalización, sino mediante relevadores, empalmes, convergencias, prolongamientos. Se trata de la pregunta: ¿Qué hacer? El privilegio teórico que el marxismo da al Estado como aparato de poder implica de un cieno modo su concepción práctica del partido director, centralizador, que procede a la conquista del poder del Estado; pero a la inversa, es esta concepción organizativa del partido la que se hace justificar por esta teoría del poder. Una teoría distinta, otra práctica de lucha, otra organización estratégica son el envite del libro de Foucault.
Hasta aquí esta primera ayuda de Deleuze, cuyas palabras finales, sin embargo, levantan alguna duda razonable. ¿Otra teoría política? ¿Otra práctica de lucha? ¿Otra organización estratégica? Sí, tal vez sí.

1. G. Deleuze, «Eceivain non: uo nouveau cartographe», en Critique, 343, 1975. Este texto ha quedado recogido en G. D., Foucault, París, Minuit, 1986(trad.cast.: Foucault, Barcelona, Paidós, 1987). Foucault por su parte lo tomará como punto de partida de la reflexión metódica que lleva cabo en La volonté de savoir (Histoire de la sexualité,1), París, Gallimard, 1976.

MOREY Miguel, Introducción a Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones .Michel Foucault. Ed. Alianza Editorial
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...